| AURA
MUÑOZ DE VARGAS |
Tomado del libro Pueblos de Barro
Antes de los años sesenta, nada en Pitalito podía sugerir que algún día este pueblo se convertiría en un importante centro de producción cerámica. Fue la llegada de la familia Vargas Muñoz, proveniente de Garzón, la que abrió las puertas a una expresión cultural que hoy trasciende las fronteras del país. El oficio ceramista de los Vargas se inició con la madre, Aura Muñoz de Vargas, quien comenzó a dar forma al barro primero como un juego infantil y luego, cada vez más, como una necesidad espiritual. Desde niña, trapos, trozos de barro y una buena dosis de fantasía le permitieron crear muñequitos para entretener a sus amigas. Hasta que en un diciembre, cuando tenía doce años, las figuras de un pesebre español que se exhibía en la catedral del pueblo marcaron definitivamente aquel juego, y lo transformaron en una verdadera vocación. Obsesionada por tener un pesebre idéntico, la niña se propuso imitarlo cuidadosamente en barro, para dar así los primeros pasos en un aprendizaje que llenaría su vida de satisfacciones, y que mucho después transmitiría a todo un pueblo. |
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En esos primeros años de su trabajo, nadie en el área urbana de Garzón trabajaba el barro. Sólo en algunas veredas los campesinos producían una cerámica utilitaria para suplir las necesidades domésticas: ollas para cocinar, olletas para preparar el café y el chocolate, tinajas para guardar el agua, y unas figuras redondas con pico y alitas que se usaban como alcancías. Objetos que los campesinos de las montañas aledañas bajaban por cargas los días de mercado, y de los cuales Aura no supo jamás cómo se fabricaban.
Su precoz inclinación por el barro respondió entonces a una vieja tradición religiosa, pues su contacto con aquel hermoso pesebre español, aunque especial, fue uno más de los que año tras año tuvo con los nacimientos que decoraban en la iglesia la celebración de la navidad, y en cuya fabricación participaba activamente todo el pueblo mediante concursos.
En Garzón, como en muchos pueblos colombianos, la natividad-era una fiesta de renovación espiritual y material, de unidad familiar y de humilde devoción.

Pasaron los años, y doña Aura se vio casada y con una familia de diez hijos: ya estaba allí el primer público de sus pesebres. Primero con masa de pan de cuajada, y más tarde con arcilla a medio cocer en el horno, dio vida a sus figuras, que en ese entonces no tenían relación con los rasgos, la cultura y el entorno geográfico de los colombianos.
Así empezó doña Aura a preparar, conocer y modelar el barro: como una expresión de su fe cristiana en los pesebres que hacía para sus hijos y que muy pronto fueron admirados por todos los habitantes de Garzón. El hogar de los Vargas Muñoz se convirtió en sitio obligado de romería navideña, pues allí siempre estaba el mejor pesebre, premiado todos los años por su belleza, valores y creatividad. Poco a poco el volumen de producción fue tal, que doña Aura empezó a cobrar por su trabajo y a mejorar la producción de las piezas, que en ese entonces elaboraba sin quemar. Las primeras quemas en el homo resultaron desastrosas, y para doña Aura fue frecuente perder la labor de varias semanas en pocos minutos. Sucesivos fracasos y tentativas la llevaron finalmente a encontrar el sistema adecuado. También las figuras sufrieron una evolución, y aunque continuaron inspiradas en las que elaboró para sus primeros pesebres casitas, flores, frutas y toda clase de animales, poco a poco correspondieron mas al entorno rural que la rodeaba. |
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Lo que empezó como un juego de niña se convirtió en una pasión que sin remedio se contagio a sus hijos. En sus primeros anos, y sin excepción, todos se contagiaron. Y seria su hija Cecilia la que consagraría a Pitalito y a su cerámica como símbolos de identidad nacional.
llegaron los opitas
En la década de los sesenta la familia Vargas Muñoz se trasladó a Pitalito para acompañar á Pablo, uno de los hijos, que había sido nombrado profesor de cerámica en la población.
Al instalarse los opitas, como cariñosamente se los
conoció recién llegaron, montaron un pequeño taller y
vincularon ayudantes.
Como una oleada, Pitalito se llenó de ceramistas: muchos aprendices
se convirtieron en maestros, y ya en sus propios talleres transmitieron sus
conocimientos a sus nuevos pupilos. Esta primera generación de artesanos
se vio enriquecida por los hijos de la familia Vargas, que llevaban el arte
en su sangre, y que al formar sus propias familias optaron por la cerámica
como una forma de expresión y de vida.
En 1968 doña Aura ganó, entre 480 participantes, el primer premio en un concurso promovido por Artesanías de Colombia, y que tenía como meta elegir un objeto artesanal que sirviera de símbolo de Colombia ante el mundo.
Con una muñequita campesina que cargaba un canasto repleto de flores, y que los periodistas bautizaron La Orquidera, doña Aura Muñoz de Vargas proyectó en Colombia el nombre de Pitalito como centro de una original actividad artesanal.
Para ese momento la artesanía de Pitalito seguía ya el estilo figurativo de los Vargas, con la representación de la vida sencilla y cotidiana de la gente del Huila. Con mayor o menor originalidad en sus propuestas, los artesanos de Pitalito encontraron un lenguaje muy propio, y gracias a sus figuras las tradiciones y hechos cotidianos de la vida campesina se vieron fielmente retratados.
Una técnica sin secretos
¿Cómo toman vida los choferes de las chivas, los pasajeros y
sus gallinas, los campesinos en las fondas del camino, los cientos de figuras
que habitan el mundo de las cerámicas de Pitalito?
Aquí no hay secretos, y las fórmulas son compartidas por todos. La materia prima es abundante y de excelente calidad, y para cualquier tipo de trabajo existen vetas con características especiales.
El primer paso en la creación de una figurita es la preparación de la arcilla, que puede realizarse de dos formas. La primera es tomar los terrones, secarlos al sol, molerlos con un mazo o un mortero, tamizarlos para eliminar objetos extraños, e hidratarlos poco a poco para amasarlos y moldear la figura.
La otra forma, aprendida de los ceramistas de El Carmen de Viboral, es dejar en agua los terrones hasta por una semana para formar una colada o pasta líquida que es depositada en moldes de yeso que absorben el agua y rechazan el barro, hasta que la arcilla queda lista para moldear. En Pitalito los moldes se usan más como una ayuda que como técnica de modelado, pues el secreto del realismo en la expresión y el movimiento de las figuras está en las manos del artesano. Cada sonrisa, cada ademán, brotan del afán perfeccionista de, sus creadores por lograr que sus obras sean lo más similares posibles a la vida misma.
El ingenio para lograr esta verosimilitud se manifiesta también en la variedad de herramientas utilizadas. Palos, pinzas, espátulas, espinas y hasta instrumental médico, son adecuados para hacer las puntadas, incisiones y cortes que hacen más real el aspecto de una chiva o el paso de baile de una campesina.
La quema de las piezas se hace en pequeñas muflas eléctricas o en modestos'' hornos de leña, dispuestas en estuches de cerámica. El punto de cocción se calcula visualmente por el color rojo traslúcido y casi fosforescente que adquieren las obras.
Aún falta un último paso, importante y definitivo para lograr que las figuras de Pitalito vivan con espíritu propio: es la pintura. Colombia es un país de colores, y la sabiduría popular los utiliza de manera que sus caprichosas combinaciones expresan modos de ser y estados de ánimo. Por eso las piezas de Pitalito son una explosión de color en los vestuarios, en las flores de los balcones o en las carrocerías de las chivas.
Aplicar estos colores es toda una ciencia. Por lo general se utilizan esmaltes sintéticos que se aplican según los dictados de la composición, el manejo de la luz o la profundidad de los planos, con el fin de lograr amplias gamas de colores que expresen con realismo la vida de las figuras.
La técnica de pintar el barro con engobes, utilizada
por los indígenas prehispánicos y por algunos ceramistas tradicionales
que trabajan en Ráquira y La Chamba, es actualmente motivo de investigación
en Pitalito. Cecilia Vargas Muñoz, asombrada por la gran variedad de
arcillas existentes en la región, investiga los modos más antiguos
de utilizarlas para revivir y generalizar su aplicación.
| EL
ADIOS A UNA LEYENDA |
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Diario del Huila, jueves 14
de octubre de 1999 |
El día de ayer, 13 de octubre de 1999 se llevaron a cabo las honras fúnebres de doña Aura Muñoz de Vargas. Colombia despidió a una de las mas grandes mujeres de este siglo.
Gerardo Meneses Claros.
Diario del Huila. Pitalito
Juan Sebastián atravesó el páramo y llegó desde Popayán, traía la tristeza en sus ojos. La hermana Ana del Calvario esperó desde las tres de la mañana un carro que la trajera desde El Agrado; en su maleta traía las cartas de despedida que los niños de su escuela habían escrito.
Martha y Diego debieron esperar pacientemente que un avión de Lufthansa y otro de Avianca, recorriera medio mundo para estar a tiempo, Zurich es frío en otoño.
Todos, uno a uno de todos los lugares fueron llegando. Era la llamada del amor. Era el último adiós a la madre, la amiga o la abuela. Era una cita verdaderamente triste.
Había muerto doña Aura Muñoz de Vargas, la mujer que tenía en sus manos el don divino de la creación y en su corazón la grandeza infinita de la dulzura.
Pitalito, el Huila y Colombia han llorado una leyenda. Los cables de prensa departamental y nacional dan cuenta del hecho y hablan de su vida, de su obra y de su familia. Una familia unida por los lazos del amor y del trabajo nacido de sus manos.
El teléfono no para de sonar, es una llamada de México, otra de Garzón, un periodista de Santafé de Bogotá, otro del Huila, un fax de Suiza, una de Cali. Doña Aura está presente en cada uno.
El aroma de las azucenas que trajo su vecina, el color de las orquídeas de su solar o la? rosas que envió el Gobernador hicieron duelo ante su féretro hasta ayer a las tres de la tarde.
Una lluviecita leve empezó a cubrir Pitalito desde el martes de un color gris, opaco que se confundió con los trajes abrigados y oscuros del cortejo.
Sus exequias fueron bellas, la sencillez y la melancolía formaron el conjunto de un acto que inevitablemente tenía que llegar. No hubo discursos de despedida con frases marchitas de tanto ser repetidas; hubo sí, palabras sinceras de quienes se acercaron a nombre propio o como delegados de otros a expresar su dolor.
Los bancos de madera de la iglesia de San Antonio los recibió a todos, a los artistas, a los artesanos de Solarte, a los niños de la Normal, a las autoridades municipales, a sus amigos, a sus hijos y nietos que llegaron de todos lados, como Juan Sebastián, la hermana Ana del Calvario o Martha y Diego que vestidos de tristeza vinieron a Pitalito a cumplir una cita, a atender una llamada. La llamada del amor.