Así describen a Pitalito los propios laboyanos. Nuestro
fértil valle sirvió de asiento a una muy manida forma de estafa –el esquema
Ponzi- que hoy tiene a muchos laboyanos entre desesperados y aburridos.
Respecto de las pirámides que, como son tumbas, sepultaron las ilusiones y
la codicia de miles de personas, habría que hacer varias anotaciones, sobre
todo ahora que se buscan culpables en todas las esquinas.
La pregunta obvia
y definitiva que permea todos los círculos –sociales, económicos y
académicos- es la misma que ha planteado el Director de Radio Sur, ¿Quién
debe responder? Esta pregunta toca necesariamente valores constitucionales
como la solidaridad, la Justicia y la Equidad. No es fácil dar una
respuesta, pero sí es útil mover unos conceptos lógicos y jurídicos para
entrever algún atisbo de solución.
Partimos de una
idea básica: lo que ocurrió fue una estafa masiva, un robo generalizado en
el que las personas que recibieron rendimientos de sus dineros, fueron
instrumentalizados por los delincuentes como vehículos para atraer nuevos
incautos (?). Es decir, se trató de un delito –ya inventado- que les cuajó
bien. Un columnista de un medio especializado define acertadamente a las
pirámides como “una manera rápida de fabricar un rico, amontonando los
ahorros de muchos pobres”. Aunque noticias recientes cuestionan el hecho de
que las víctimas son siempre pobres, como lo que ocurrió en USA con el fondo
de inversión del señor Madoff, una gran pirámide de cincuenta mil millones
de dólares (!).
En muchos
escenarios se plantea la posibilidad de que el Estado sea obligado a
responder por la colosal estafa y a reponer el dinero a los cándidos
inversores; aducen que el comportamiento pasivo, permisivo y casi cómplice
de las autoridades administrativas sirvió de acicate para la prosperidad de
la estafa. Según esta postura, la inmovilidad de las autoridades barnizó de
legitimidad la actividad de los alquimistas que trocaban esmirriados pesos
en fabulosas fortunas. Algo de razón tienen. Y si a eso se suma que
policías, soldados, funcionarios públicos, jueces, fiscales y abogados
hicieron la paciente fila para depositar sus ilusiones, el ‘hombre
promedio’, digamos, tendría elementos de juicio para confiar en la legalidad
del ‘servicio’ que prestaban estas firmas; y ni qué decir de los papeles al
día de todas ellas, y que algunas, como DMG, pagaron millonadas en
impuestos.
En círculos
académicos se ha planteado la especie según la cual el Estado – y no nos
engañemos, el Estado somos todos- debe responder pecuniariamente por la
colosal trampa. La Administración, para algunos, creó en la ciudadanía una
confianza legítima respecto de la validez y legalidad de estos
negocios, lo que podría hacerla responsable cuasicontractualmente, con
fundamento en una presunta falla en el servicio.
Otros sostienen
que las víctimas tienen que asumir las consecuencias de su comportamiento,
bajo el principio del Derecho según el cual ‘nadie puede alegar su propia
culpa a su favor’. Es decir, quienes dejaron su dinero conscientemente con
la promesa de un espectacular retorno, lo hicieron de manera libre; de
ninguna forma fueron inducidos por la Administración. Además, seamos claros,
cualquier persona que haga parte de la población económicamente activa, que
tenga una mínima experiencia comercial, sabe que ningún negocio lícito,
NINGUNO, permite el tren de utilidades que prometían los aventajados alumnos
de Carlo Ponzi. El Estado no puede, ni tiene la obligación de hacerlo,
responder por las estafas de los delincuentes, porque de otra forma sería el
crimen perfecto. Pretender que los que no caímos en el timo tenemos que
reponer las pérdidas de quienes, ingenuamente o no, cayeron en él es una
idea, por lo menos, extraña y jurídicamente poco sostenible.
En mi opinión, y
a pesar de mí mismo –por algunos casos que conozco absolutamente
dramáticos-, no es viable derivar responsabilidad del Estado por esta
debacle. Con todos los cuestionamientos que le quepan al gobierno central
por su mediocre respuesta al fenómeno piramidal, el Estado no puede ser
garante de los riegos económicos que toman sus asociados. Por otra parte,
desde el inicio mismo de las operaciones de los alquimistas muchos medios de
comunicación advirtieron –radiosur.net entre los primeros- sobre el peligro
y la insostenibilidad de esos negocios, de modo que los ‘yo no sabía’, ‘yo
no creí’, ‘no me advirtieron’ son de poco recibo. El ejercicio de la
actividad comercial y económica en general, exige una carga de diligencia
especial entre los agentes de intercambio, quien va a invertir dinero tiene
que, por lo menos, averiguar las generalidades del negocio, sus
antecedentes, sus fundamentos, en fin, informarse. Lo que cualquier persona
medianamente diligente hace cuando va a comprar una casa, es pedir el
certificado de tradición y libertad, y no paga el precio hasta estar segura
de lo que compra y en qué condiciones lo hace. Si actúa negligentemente,
incurre en un error de conducta que en el Derecho se llama “culpa” y, como
se dijo arriba, los sabios y prácticos romanos resolvieron la situación con
el aforismo “nemo auditur propriam turpitudinem suam allegans”.
Desde lo
académico todavía falta mucha tela por cortar; desde lo social, la tragedia
es monumental; desde lo jurídico, es poco lo que se puede hacer, aparte de
castigar a los estafadores y perseguir los remanentes. Pero surgen muchas
dudas; si lo piensa el amable lector, es posible que identifique muchas más
pirámides, éstas sí legales, como el Seguro Social, en el que los que entran
financian los beneficios de los que salen, y si todos al tiempo piden los
beneficios, colapsa. Pero ese es otro tema.