Mirada al Sur - La Columna de Nicolás Polanía Tello

La Palabra.

Por Nicolás Polanía Tello.

 

Habito una utopía que no es mía.
Ante ella, mis abuelos se persignaron
y mis padres entregaron sus mejores años.
Yo, la llevo sobre los hombros sin poder sacudírmela.
Algunos que no la viven intentan convencerme
–a distancia- que debo conservarla.
Sin embargo, resulta enajenante vivir una ilusión ajena,
cargar con el peso de lo que otros soñaron.
A los que me impusieron –sin consultarme- este espejismo,
quiero advertirles, desde ahora,
que no pienso heredárselo a mis hijos.
Tomado de “La Utopía Impuesta” - Por Yoani Sánchez
http://desdecuba.com/generaciony/?p=235#comment-126072
 

 

El texto que abre fue tomado del blog “Generación Y”, editado desde la isla de la utopía por una valiente cubana, filóloga. Sí, le dieron la educación gratis –como afirmaría cualquier mamerto bananero de los que pululan en Colombia- pero, como ella misma dice, “tener un título universitario, aunque sea gratuito, es una carga pesada que no siempre genera satisfacciones. El mío, por ejemplo, descansa desde hace ocho años detrás de un mueble de mi cuarto. En él, leo que soy licenciada en Filología aunque no se me autoriza a hacer con el lenguaje lo que me plazca. Unas enormes letras góticas certifican que la palabra es mi reino, sin embargo no me advierten dónde comienzan las mordazas”.

Para las tiranías no hay peor ni más eficaz enemigo que la palabra, sin embargo la tiranía cubana, tan experta en censuras, fusilamientos, proscripciones y otras labores castrantes tan propias del comunismo, poco o nada ha podido hacer con el fenómeno en que se ha convertido esta “blogera” –mil veces perdón por la palabreja, pero seguramente será incluida más pronto que tarde por la RAE-. Lo único que ha logrado el monstruo de la revolución –sí, con minúscula-, es impedirle a Sánchez que asista a Madrid a recibir el premio Ortega Y Gasset de periodismo que ha ganado merecidamente.

Esta escritora cubana, incluida en la lista de Time como uno de los 100 personajes más influyentes en el mundo, muestra la más sincera y desapasionada aproximación a lo que se vive en la Isla. Asegura, en entrevista con el periódico El País, que los cambios que ha permitido Raúl Castro son meramente cosméticos; Cuba sigue sin libertad, y ella es la prueba.

Su obra periodística, en uno de los formatos más sofisticados, el blog, es bella, es decir, es verdadera -al decir de Yeats-. No se trata de los descoloridos y aburridos discursos mamertos que tenemos que aguantar de toda esa fauna comunistoide que nos rodea; no se trata de la pobreza teórica y práctica del discurso de la izquierda menesterosa que tenemos en Colombia, ni de lo que ladra la hirsuta izquierda opresora del chafarote venezolano y sus esbirros sin cacumen a lado y lado de la frontera, ni lo que a duras penas logran hilvanar los simples peones de Bolivia y Ecuador. No.

Lo que dice Sánchez viene del alma, de vivir generación tras generación con el pan racionado, con la libertad castrada, con los sueños empeñados, con la palabra atorada en una garganta que quiere contar verdades, la verdad de la miseria, de la opresión, de la supresión del individuo. Ese es el comunismo, no es nada menos, pero tampoco es nada más. Bueno sí, es una máquina asesina –más de cien millones de muertos (“El libro negro del comunismo”, Courtois, Werth, et alii, 1997, Planeta-Espasa).

Aunque parezca increíble, todavía en Colombia tenemos que soportar peroratas premodernas que sólo buscan la agitación; sólo en las reducidas entendederas de los mamertos criollos cabe aun el discurso manido de la “lucha de clases” enfocado en que el problema de la pobreza se soluciona persiguiendo y expropiando a los ricos. La estructura lógica de esta afirmación es tan ridícula que no resiste el mínimo análisis. Mientras la derecha –por darle un nombre, ya en desuso, a todo lo demás que no es mamertismo trasnochado- sostiene que lo necesario es generar más riqueza, atraer inversión, fundar empresas, educar, en fin, generar crecimiento económico, los correveidile de la zurda, con esa particular y atrofiada manera de razonar concluyen que no, que lo que hay que hacer para eliminar las desigualdades es que todos sean pobres, que todos coman mierda –salvo, por supuesto, los miembros importantes del “Partido”, como lo retrató magistralmente Orwell en su libro caricatura de la porquería comunista-; hay que expropiar a los ricos, quitarles sus empresas, robarles sus parcelas, ¿cómo se les ocurre trabajar duro para conseguir dinero y procurarse una existencia digna?, ¿quién les dijo que el trabajo es algo distinto a una variable de producción?, ¿quién les dijo que las personas tienen “derechos individuales”, qué es esa perversión?

Pues sí, la muy aquilatada solución que proponen es que hay que luchar contra la riqueza, no contra la pobreza. Brillante. Esta fórmula, que es un vomitivo lógico, jurídico y político, por supuesto es más fácil de vender a la galería que aquella del trabajo duro y honesto. Por eso son estos payasos explotadores a sueldo de las necesidades, angustias y carencias de la gente, porque viven de engañarla, porque la miseria es su caldo de cultivo, y por eso soliviantan al pueblo con la promesa de que, cuando lleguen al poder, van a quitarle al rico lo que tiene y lo van a dar al pobre, y van a correr ríos de leche y miel. Basura pura y dura.

El arma de que disponemos los demócratas, además del voto, es la palabra, la misma que apenas se está elevando enhiesta desde la tiranía homicida del régimen comunista –perdón por la redundancia- de Cuba. Es la palabra el vehículo y el contenido mismo de la libertad. Por eso en Venezuela y Ecuador ordenan cierres de periódicos y cadenas de TV, porque los regímenes pordioseros de la izquierda no soportan el disenso, porque saben que su discurso está pegado con babas y está dirigido a babosos, y la mínima voz disidente podría acabar con la farsa.

Que viva la palabra que, como decía el gran Ortega y Gasset, en cuyo honor se creó el premio español, “es un ministerio de muy delicada administración”. Y que viva en la voz y en las líneas de Yoani Sánchez, quien como nosotros no admite utopías impuestas, y está de pie frente al monstruo de mil cabezas del régimen asesino comunista, armada con un corazón libre y un blog.
 



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